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Cada 1 de agosto, las calles de Managua se llenan de pólvora, bandas filarmónicas, promesantes descalzos y un fervor que se transmite de generación en generación. Es la fiesta de «Minguito», como cariñosamente llaman al patrono de los managuas. Pero, ¿de dónde viene esta tradición? ¿Cómo empezó? Te lo contamos.
Antes de llegar a Las Sierritas, Santo Domingo de Guzmán ya era una figura importante de la Iglesia Católica, con una historia que empieza muy lejos de Nicaragua.
Nació en Caleruega, España, alrededor del año 1170, en una familia noble castellana. Su padre fue Félix de Guzmán, y su madre, la beata Juana de Aza, quien tuvo un papel clave en su formación religiosa. Estudió teología en Palencia y más tarde se ordenó sacerdote, sirviendo como canónigo en la catedral de Osma.
Su obra más importante llegó cuando viajó al sur de Francia y fue testigo del avance de una herejía (el catarismo o albigensismo). Convencido de que la mejor forma de enfrentarla era a través de la predicación basada en el estudio, la pobreza y el ejemplo, no en la imposición, fundó en 1216 la Orden de los Predicadores, conocida popularmente como los Dominicos. Esta orden se distinguió por darle un peso enorme al estudio teológico y a la formación intelectual de sus religiosos, algo poco común para la época.
Murió en Bolonia, Italia, en 1221, y fue canonizado como santo en 1234 por el papa Gregorio IX.
Su devoción se extendió por toda la cristiandad católica gracias a la expansión de la Orden Dominicana, que llegó a América con la colonización española. Así fue como su nombre y su imagen terminaron profundamente arraigados en Managua, aunque como veremos la devoción particular a «Minguito» tomó ahí una forma muy propia, mezclada con tradiciones locales e indígenas, muy distinta de cómo se le venera en España o en otras partes del mundo.
La historia más difundida sitúa el origen de la tradición en el año 1885. En esa época, Managua atravesaba momentos difíciles: una epidemia de fiebre amarilla, un fuerte aluvión y un clima de conmoción política en Centroamérica.
En medio de ese contexto, un campesino llamado Vicente Aburto trabajaba limpiando un terreno en la propiedad de don Inocente García Lara, en Las Sierritas, al sur de la capital. Ahí, dentro del hueco de un árbol de madero negro, encontró una pequeña estatuilla de apenas 20 centímetros que representaba a un santo.
Sorprendido, Aburto llevó el hallazgo a su patrón y juntos decidieron trasladarlo a una iglesia de Managua. Fue un sacerdote quien identificó la figura: se trataba de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Predicadores (los dominicos), religioso español conocido históricamente por su labor misionera.
Ahí no terminó la historia. Según el relato popular, la imagen fue devuelta a Las Sierritas, pero apareció de nuevo en el mismo hueco del árbol donde había sido encontrada la primera vez y fue el mismo Vicente Aburto quien la halló otra vez. Ese hecho fue interpretado por la población como un milagro, y terminó de encender la devoción popular hacia el santo.
Fue entonces cuando el sacerdote recomendó construirle una ermita en Las Sierritas y llevarlo cada año, por diez días, a visitar la capital. Así nació la costumbre de «la bajada» y «la subida» que se mantiene intacta hasta hoy.
Aunque 1885 es la fecha que marca el nacimiento de la leyenda del árbol, algunos historiadores culturales como Wilmor López señalan que la devoción a Santo Domingo en Managua podría ser incluso anterior. Se han encontrado referencias a sus festejos en correspondencia de jóvenes capitalinas fechada en 1853, décadas antes del hallazgo de Las Sierritas, cuando el santo comenzaba a disputarle el patronazgo de la ciudad a Santiago Apóstol (el patrono oficial de Managua, aunque hoy es «Minguito» quien concentra el cariño popular).
Es decir: es probable que la fecha de 1885 no marque tanto el inicio de la devoción, sino el momento en que se popularizó el relato milagroso que hoy todos conocen y que le dio forma definitiva a la tradición.
Otro elemento que enriquece esta historia es su capa prehispánica. Antes de la llegada de los españoles, los indígenas de la zona bajaban cada año desde las Sierritas de Managua hasta el lago Xolotlán para agradecer al dios Xolotl por las cosechas obtenidas. Con la colonización, esa práctica de «bajar» hacia el lago se fue transformando y superponiendo con la nueva devoción católica a Santo Domingo, dando lugar a una fiesta que mezcla ambas raíces: la fe cristiana y la memoria indígena.
Con el paso de las décadas, la celebración se convirtió en la fiesta religiosa y popular más importante de Managua, con una estructura que se repite cada año:
Durante estos días, la fiesta se vive con bandas filarmónicas y chicheros, quema de pólvora, procesiones donde la imagen es «bailada» en hombros de los promesantes, trajes típicos y personajes populares como las vaquitas y los chinegros, y platillos tradicionales como el indio viejo, los nacatamales, la chicha de maíz y el gallopinto, que las familias preparan para compartir con quien pase por sus calles.
Actualmente, el 1 y el 10 de agosto son declarados asueto en el municipio de Managua, en reconocimiento a la magnitud que ha alcanzado esta celebración.
Tomando 1885 como el año fundacional de la leyenda que hoy conocemos, en 2026 la tradición cumple 141 años. Más allá de la cifra, lo que perdura es su capacidad de convocar, año tras año, a miles de familias managuas y de otros departamentos del país en torno a una misma fe y una misma identidad: la de un santo pequeño, de apenas 20 centímetros, que se convirtió en el corazón espiritual de toda una ciudad.
Fuentes: Canal 4 Nicaragua, El19 Digital, Artículo 66, Radio Camoapa, Jscomunicadores, entre otros medios nicaragüenses que han documentado esta tradición a lo largo de los años.