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Setenta años después del 21 de septiembre de 1956, una mirada al joven leonés que hay detrás del nombre.
Hay personajes que entran en la historia de un país por lo que construyeron a lo largo de décadas. Y hay otros que, en un solo instante, quedan fijados para siempre en la memoria de una nación.
Rigoberto López Pérez pertenece a estos últimos.
Poeta, violinista, sastre y tipógrafo, nació en León el 13 de mayo de 1929 y murió en esa misma ciudad el 21 de septiembre de 1956. Tenía 27 años. Este mes se cumplen setenta años de la noche en que su nombre quedó unido, de forma definitiva, a uno de los hechos que más marcaron la historia política de Nicaragua en el siglo XX.
Rigoberto nació en el barrio El Calvario, en el seno de una familia humilde. Fue bautizado en la Catedral de León con el nombre de Pascual Rigoberto López Pérez. Era hijo de doña Soledad López Calero y de Francisco Pérez, y el mayor de cuatro hermanos: Rigoberto, Salvador, Efraín y Margarita.
Hizo sus primeros estudios en el Hospicio de San Juan de Dios, donde aprendió el oficio de sastre. Más tarde estudió Redacción y Taquimecanografía en la Escuela de Comercio Silviano Matamoros y trabajó también como tipógrafo. Creció leyendo a Rubén Darío, y la música fue otra de sus pasiones: tocaba el violín, integró a finales de los años cuarenta el grupo musical Buenos Aires y compuso valses como Claridad y Si el vino me hace llorar.
A los 17 años publicó Confesión de un soldado, un poema en el que un combatiente herido de muerte hace su última confesión y sueña con ver libre a su patria. Leído hoy, parece casi una premonición.
Vale la pena detenerse en esta parte de su vida. Cuando hablamos de Rigoberto solemos recordar únicamente septiembre de 1956, y olvidamos al joven poeta y músico que existió durante los veintisiete años anteriores.
Para entender a Rigoberto hay que entender el país en que vivió.
Anastasio Somoza García dominaba la vida política nicaragüense desde mediados de los años treinta. Jefe Director de la Guardia Nacional desde 1933, ordenó el asesinato de Augusto C. Sandino en 1934 y llegó a la presidencia en 1937. Desde entonces gobernó directamente o a través de allegados, apoyado en la Guardia Nacional, en su familia y en pactos con sectores de la oposición conservadora. Una reforma constitucional le permitía, en 1956, aspirar de nuevo a la presidencia para el período 1957-1963.
La oposición existía, pero pagaba un precio muy alto. En abril de 1954 fracasó una conspiración armada para emboscar al dictador, y varios de sus participantes, entre ellos Adolfo Báez Bone, fueron asesinados.
Rigoberto se fue alineando con los opositores. Ingresó al Partido Liberal Independiente (PLI), formado por liberales que habían roto con el somocismo, y pasó una temporada en El Salvador, donde terminó de madurar una decisión: actuar directamente contra Somoza García.
La noche del jueves 20 de septiembre de 1956, la Gran Convención del Partido Liberal Nacionalista, reunida en el Teatro González de León, proclamó a Somoza García candidato presidencial. Al día siguiente, sus correligionarios le ofrecieron una fiesta en la Casa del Obrero.
Somoza había recibido advertencias. Su propia hermana le rogó que no fuera a León. Aun así asistió, y esa noche no llevaba el chaleco antibalas que acostumbraba usar.
Rigoberto pasó parte de ese día con su madre. Según los testimonios familiares, le leyó Confesión de un soldado. Después se vistió con camisa blanca y pantalón azul; doña Soledad contaría más tarde que su hijo quiso morir con los colores de la bandera.
Ya avanzada la noche, en medio de la fiesta, Rigoberto se acercó a Somoza García y le disparó cinco veces con un revólver calibre .38. Cuatro balas alcanzaron al presidente. La escolta respondió de inmediato y Rigoberto cayó muerto en el mismo salón.
Somoza fue atendido primero en León y en Managua. Luego, en un avión enviado por el presidente estadounidense Dwight Eisenhower, fue trasladado al Hospital Gorgas, en la Zona del Canal de Panamá, entonces bajo administración de Estados Unidos. Allí fue operado el 24 de septiembre y murió en la madrugada del 29.
Tenía 60 años.
Rigoberto tenía 27.
Durante mucho tiempo se habló de Rigoberto como de un hombre solitario. La investigación histórica muestra un cuadro más complejo.
El plan se preparó en El Salvador y en él participaron tres militantes del PLI: Edwin Castro Rodríguez, Ausberto Narváez y Cornelio Silva, que actuaron por su cuenta, sin el respaldo de la dirección del partido. La idea original incluía cortar la electricidad de la Casa del Obrero y hacer estallar bombas en los alrededores para cubrir la retirada de Rigoberto. Esa parte nunca se ejecutó. Cuando se supo que Somoza dejaría la fiesta antes de lo previsto, Rigoberto tuvo que elegir entre retirarse o seguir adelante sabiendo que difícilmente saldría con vida.
Diecisiete días antes, el 4 de septiembre, había escrito desde San Salvador una carta a su madre que con el tiempo se convertiría en su testamento político. En ella le explicaba que había decidido ser él quien iniciara «el principio del fin de esa tiranía».
Los disparos de la Casa del Obrero no terminaron con la muerte de Rigoberto.
Se decretó el estado de sitio y se impuso la censura de prensa. La represión alcanzó primero a su familia: su madre, su hermana Margarita y su novia, Amparo Zelaya, fueron encarceladas y torturadas en la prisión de La Aviación, en Managua. Después vinieron cientos de detenciones en todo el país, desde dirigentes conservadores hasta jóvenes estudiantes como Carlos Fonseca y Tomás Borge. Un consejo de guerra condenó a varios opositores, entre ellos Pedro Joaquín Chamorro, director de La Prensa, confinado en San Carlos, Río San Juan.
Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva fueron capturados y condenados. Pasaron casi cuatro años presos en La Aviación, y el 18 de mayo de 1960 fueron asesinados allí mismo bajo la llamada «ley fuga».
El cuerpo de Rigoberto nunca fue entregado a su familia. Hasta hoy no se sabe con certeza dónde fue enterrado; una de las versiones sostiene que lo sepultaron en secreto en Managua, en terrenos que hoy pertenecen a la UNAN, para que su tumba no se convirtiera en lugar de peregrinación.
La muerte de Somoza García tampoco significó el fin del somocismo. La noche del 28 de septiembre, mientras su padre agonizaba en Panamá, el Congreso invistió a Luis Somoza Debayle como presidente encargado. Su hermano Anastasio quedó al frente de la Guardia Nacional. Luis ganó las elecciones de 1957 y gobernó hasta 1963, y la familia Somoza conservó el poder hasta 1979.
La dictadura no terminó aquella noche.
Pero aquella noche sí quedó marcada en la historia de Nicaragua.
Tras la caída del somocismo en 1979, la figura de Rigoberto adquirió una dimensión nueva. El Estadio Nacional de Managua, que llevaba el nombre de Somoza, pasó a llevar el suyo. El 21 de septiembre de 1981, veinticinco años después de su muerte, la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional lo declaró oficialmente Héroe Nacional mediante el Decreto No. 536.
Desde entonces su nombre aparece en escuelas, calles, estadios y monumentos de todo el país.
En León hay dos lugares que conservan su memoria. En el barrio El Calvario, la casa donde vivió con su familia funciona como casa museo, reconocida por el Instituto Nicaragüense de Cultura, con objetos personales y fotografías. Y la antigua Casa del Obrero, escenario de los hechos de 1956, es hoy el Centro Cultural y Museo Rigoberto López Pérez.
Como ocurre con casi todas las figuras que marcan un punto de quiebre, Rigoberto ha sido interpretado de maneras muy distintas.
Para la tradición antisomocista y, más tarde, sandinista, su acción fue un «ajusticiamiento» y el comienzo del fin de la dictadura; una inspiración para la generación que fundaría el Frente Sandinista en 1961. Para los partidarios de Somoza fue un asesinato. Y también hubo opositores, como el grupo cívico al que pertenecía Pedro Joaquín Chamorro, que se negaron a participar en el complot y rechazaron la violencia como camino.
Los historiadores tampoco coinciden en todo. Algunos, como Aldo Díaz Lacayo, lo presentan como un gesto esencialmente individual, fruto de una larga reflexión. Otros, como Jorge Eduardo Arellano, sostienen que Rigoberto fue el ejecutor de una conspiración más amplia, en la que participaron oficiales exiliados de la Guardia Nacional en El Salvador. Y hay quienes señalan una paradoja: el atentado acabó con Somoza García, pero terminó abriendo paso a sus hijos y a una dinastía que duró veintitrés años más.
Conocer estas lecturas no le resta peso a su figura. Al contrario: nos ayuda a entenderla mejor.
Para mí, una de las cosas más interesantes de recordar a Rigoberto López Pérez es tratar de mirar más allá del personaje histórico.
Antes de convertirse en símbolo, fue un joven de León.
Un joven que escribía poesía.
Que tocaba el violín.
Que trabajaba como sastre.
Que tenía una madre, unos hermanos y una novia.
Que tenía apenas 27 años cuando tomó una decisión que cambiaría para siempre su vida y lo convertiría en parte de la historia de Nicaragua.
La historia suele convertir a las personas en nombres, fechas y fotografías. Pero detrás de cada uno de esos nombres hubo una persona real, con sus ideales, sus errores, sus decisiones y sus contradicciones.
Hoy, setenta años después de aquel septiembre de 1956, el nombre de Rigoberto López Pérez sigue formando parte de la memoria histórica de Nicaragua.
Nació en León en 1929. Murió en León en 1956, después de protagonizar un atentado contra Anastasio Somoza García que tuvo consecuencias profundas para la historia política del país.
Tenía 27 años.
Era poeta.
Y desde aquella noche de septiembre, su nombre quedó para siempre unido a la historia de Nicaragua.
Porque conocer nuestra historia también significa recordar a las personas que estuvieron detrás de ella.
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