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Antes de celebrar septiembre, entendamos septiembre.
Cuando era chavalo, septiembre significaba una sola cosa: uniforme azul y blanco impecable, muchas veces estrenado para la ocasión, y semanas de ensayo de marcha con las bandas de guerra sonando de fondo. Los mejores alumnos se ganaban el honor de ser abanderados. Los padres salían a las calles a buscar buen lugar para ver pasar a sus hijos, y en más de una casa aparecía la bandera colgada en el balcón.
Para nosotros era, simplemente, la fiesta patria. El 14 y el 15 se aprendían juntos, se celebraban juntos, se repetían juntos, como si fueran parte de un mismo acontecimiento.
No lo son.
Hace un tiempo me detuve a mirar las fechas con más calma y encontré algo que, sabiéndolo, resulta obvio, pero que casi nunca nos detenemos a pensar: entre el 15 de septiembre de 1821 y el 14 de septiembre de 1856 hay 35 años de diferencia. Dos acontecimientos distintos, con protagonistas distintos, en contextos políticos completamente distintos. Y sin embargo, en nuestra memoria patria, aparecen como si fueran un solo fin de semana largo.
Eso me hizo querer volver a la historia con más atención. No se trata de quitarle importancia a ninguna de las dos fechas. Al contrario, ambas son fundamentales, cada una a su manera. Se trata de entenderlas mejor y descubrir qué estamos celebrando realmente cuando decimos «14 y 15 de septiembre».
Para entender esta fecha hay que ubicarse en el contexto correcto: a comienzos del siglo XIX, los territorios que hoy son Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica formaban parte de la estructura colonial española de Centroamérica. No existían las repúblicas actuales ni las fronteras que conocemos hoy.
Durante esas décadas, las ideas independentistas fueron ganando terreno en toda América, impulsadas por los procesos de independencia en otras regiones del continente y por los cambios políticos que atravesaba España. El 15 de septiembre de 1821, representantes reunidos en Guatemala firmaron el Acta de Independencia de Centroamérica, declarando la separación de la Corona española.
Nicaragua no se independizó ese día de manera aislada: formaba parte de esa estructura política centroamericana y quedó incluida en el acta. Por eso, cuando hablamos del 15 de septiembre, hablamos de un acontecimiento de carácter regional, no de la fundación de la Nicaragua que conocemos hoy. Lo que siguió a la independencia fueron décadas de reorganización política, con Centroamérica probando distintas formas de gobierno hasta que las provincias tomaron caminos separados.
Entre 1821 y 1856, Nicaragua vivió sus propios conflictos políticos internos. En ese contexto de disputas internas llegó, en 1855, un personaje que terminaría marcando la historia del país: William Walker, un estadounidense que inicialmente participó en el bando de uno de los grupos en pugna, pero que terminó tomando el control del gobierno y desarrollando un proyecto de poder personal que amenazaba tanto la soberanía de Nicaragua como el equilibrio de la región centroamericana.
Frente a esa amenaza, las diferencias internas quedaron al menos por un momento en segundo plano. El 14 de septiembre de 1856, en la Hacienda San Jacinto, las fuerzas nicaragüenses, bajo el mando del coronel José Dolores Estrada, enfrentaron y derrotaron a las tropas filibusteras de Walker.
La victoria tuvo un peso que fue más allá de lo militar: demostró que Walker podía ser enfrentado y vencido, y con el tiempo San Jacinto se convirtió en uno de los grandes símbolos de la defensa nacional.
Vale la pena aclarar algo que solemos pasar por alto: San Jacinto no terminó la guerra. El conflicto contra Walker continuó después de esa batalla, con la participación de fuerzas de otros países centroamericanos, hasta que Walker fue finalmente derrotado y abandonó Nicaragua en 1857. No fue su última incursión: regresó al istmo en 1860, esta vez por Honduras, donde fue capturado y fusilado en Trujillo el 12 de septiembre de ese año.
Detrás de la batalla, además de Estrada, hubo decenas de hombres que combatieron ese día, entre ellos los llamados indios flecheros de Matagalpa, cuya participación aparece registrada en las fuentes históricas. Y ahí está también uno de los episodios más recordados de nuestra historia patria: Andrés Castro, quien, según la tradición, al quedarse sin munición usó una piedra para derribar a un filibustero. Con los años, ese gesto se convirtió en símbolo de algo muy sencillo de entender: no rendirse aunque los recursos escaseen.
No es solo casualidad de calendario. Con el paso de las décadas, ambas fechas se fueron incorporando a la tradición escolar y patriótica del país, y las escuelas tuvieron un papel central en eso. Los desfiles, las bandas de guerra, los símbolos patrios y los actos escolares convirtieron septiembre en una experiencia colectiva, y para un niño nicaragüense el 14 y el 15 dejaron de ser dos hechos separados por 35 años para convertirse en una sola cosa: la bandera, el uniforme, la banda, el desfile, los compañeros, los padres esperando en la calle.
Así se construye también la memoria de un país: no solo con documentos, sino con lo que cada generación vive, celebra y transmite a la siguiente.
No escribo esto para restarle nada a la fiesta. Al contrario. Creo que cuando entendemos lo que estamos celebrando, la celebración pesa más, no menos. Saber que el 15 de septiembre habla de la independencia de Centroamérica y no simplemente de «el día que Nicaragua se independizó» o que San Jacinto ocurrió 35 años después, en un contexto totalmente distinto, no le quita fuerza a la fecha: se la da.
El 14 y el 15 de septiembre no son la misma historia. Son dos capítulos separados por más de tres décadas que, con el tiempo, terminaron uniéndose en una misma memoria patria. Y quizás ahí está lo más interesante: en darnos cuenta de que detrás de algo que parecía tan simple «14 y 15 de septiembre» hay toda una historia de conflictos, personajes y decisiones que ayudaron a construir la Nicaragua de hoy.
Fuentes: Asamblea Nacional de Nicaragua, Instituto Nicaragüense de Cultura, Acta de Independencia de Centroamérica de 1821 y documentación oficial sobre las efemérides patrias.