|  |
 |
|
 |
| |
El día que mataron a PJCH
Posted on Sunday, 10 January a las 16:09:36 by maz
Por: Octavio Enríquez
- Hoy se *****plen 32
años de asesinato del director de LA PRENSA Pedro Joaquín Chamorro
Cardenal y Domingo reproduce este reportaje con detalles sobre su
muerte que publicó la revista Magazine hace dos años.
A Pedro Joaquín Chamorro lo querían matar en la iglesia Las Palmas
de Managua, pero el asesino contratado desistió y no hubo manera de
convencerlo de que acabara con la vida del más duro opositor de la
dictadura de los Somoza.
Tuvieron que esperar un poco más. Un par de días para que el
plan urdido por Silvio Peña se hiciese realidad el diez de enero de
1978. Con otro asesino, originario de Poneloya, contactado un día antes
para que *****pliese lo que sus enviados no pudieron hacer, unos tipos
conocidos en el mundo criminal como Los Conchos.
Peña anduvo pidiendo dinero entre los enemigos de Chamorro.
Prometía que el escándalo pasaría rápido y que los implicados estarían
protegidos por un funcionario leal al régimen: el poderoso Cornelio
Hueck, el cerebro político y legal que había permitido la reelección de
Somoza para un segundo período.
Peña ofreció también casas que serían donadas por Fausto Zelaya,
presidente del Instituto de la Vivienda denunciado por corrupto en LA
PRENSA.
Por denunciarlos, a Chamorro lo odiaban muchos. La mayoría de
ellos era funcionarios a quienes Anastasio Somoza Debayle destituyó
obligado por la presión pública en diciembre de 1977 después de meses y
meses de denuncias en LA PRENSA.
En aquellos años se destapó en este periódico la corrupción del
régimen que tocaba al tirano que desde el 27 de diciembre de 1974
—cuando un comando sandinista se tomó la casa de un funcionario del
gobierno— controlaba cada letra que se publicaba en el periódico de
oposición.
Era tal su severidad que incluso había obligado a publicar un
comunicado oficial, a raíz de la toma de la casa de su funcionario, en
el que se señalaba a Chamorro de estar implicado aunque públicamente no
apoyaba al Frente Sandinista. Lo peor del caso es que ni siquiera le
habían permitido defenderse en su diario.
Fue en ese contexto, explica el veterano periodista Danilo
Aguirre Solís frente a su máquina de escribir Olympia—esperando las
notas del día en su oficina de director de El Nuevo Diario— que ocurrió
todo.
El reparto La Providencia en León tenía un nombre
apropiado para los pobres que vivían allí en el año 1978. En esas
paredes sostenidas con cartón y ripios muchos todavía podían creer que
Dios les iba a hacer el milagro de sacarlos de la pobreza.
Allí vivía una familia acomodada, numerosa. Seis hermanas, la
madre de todas ellas, Emelina Chavarría y su único hijo varón: José
Ramón Acevedo Chavarría, un estudiante de Medicina que entonces tenía
23 años y era hijo de un terrateniente de Poneloya quien había muerto
asesinado el 13 de abril de 1966 por vendettas con otras familias,
igual de calientes a las temperaturas de esta región.
En ese choque entre armados, murió José Ramón padre y por poco
matan a su hermano y tío del único varón de esta casa de mujeres:
Domingo Acevedo Chavarría; que si lleva los mismos apellidos del
sobrino es por una burla a las buenas costumbres de su hermano que se
casó con una prima de ambos.
“Nadie moría de muerte natural entonces, la mayoría de gente
moría a los 40 porque alguien lo `cueteaba`, todo mundo andaba al mejor
estilo del oeste, todo mundo con pistola y escopeta. En ese ambiente
crecieron ellos, los Acevedo Chavarría”, dice José Ramón, médico, de 52
años, con bigote de brocha.
Aquella mañana, el estudiante de Medicina estaba en su casa
junto a su novia cuando escuchó la noticia que se iba repitiendo en
todas las casas a medida que recorrían el barrio. Pipiripipipi... El ruido irrumpía aquella ventosa mañana del diez de
enero: “¡A-SE-SI-NA-N! ¡A-SE-SI-NAN! ¡Asesinan al doctor Pedro Joaquín
Chamorro en las calles de Managua! Dicen que fue Somoza el que lo mató.
Dicen que fue el Chigüín el que lo mató”, repetía el locutor.
José Ramón pensó lo peor: “¡Se cagaron en Nicaragua, él es la
cara más pública de la oposición!”. Esa misma tarde es casi seguro que,
como miles de ciudadanos de este país, leyó LA PRENSA con un titular
que decía todo en medio de la expectación generalizada: “¡Mandaron a
asesinarlo!”, decía el título sobre la foto del cadáver de Chamorro
perforado por los perdigones de escopeta, y cuando vio la imagen, y
cuando oyó a sus compañeros quejarse y decir pestes contra la
dictadura, no sabía que el relámpago de las críticas alcanzaría a su
familia.
Cinco minutos antes de las ocho de la mañana del diez
de enero, Edmundo Jarquín marcó el teléfono que conocía desde hacía
años y escuchó casi de inmediato la voz de su jefe y amigo.
El doctor Pedro Joaquín Chamorro había entrado a su oficina en la casa y le orientó que lo esperara en el diario LA PRENSA.
—
¡Nos vemos!, voy saliendo, si llegás antes que yo, te sentás en mi
escritorio y te volteás a la izquierda y vas a ver en la máquina que
está metido (un do*****ento) en letra roja, anda chequeándolo— orientó
aquel.
Esos do*****entos eran la respuesta de Chamorro a una acusación que intentaban hacerle por negarse a publicar una carta.
Chamorro
salió de su casa en su carro nuevo café placas MA-2C454 marca SAAB y
cogió rumbo al periódico, agarrando la Carretera Sur y enrumbándose
luego a los escombros. Jarquín llegó antes. Entró, hurgó entre los
do*****entos y ahí estaba el papel buscado. “Yo lo llamé porque quería
estar seguro que iba a ser puntual, porque el día anterior *****plía 78
años doña Margarita Cardenal, su madre, e iba a haber tragos, una cena
familiar”, cuenta Jarquín.A las 8: 25 de la mañana alguien entró en la redacción de LA PRENSA
y le informaron, como a muchos seguramente, que el director había
sufrido un accidente.
Durante unos minutos se ignoró que era un
asesinato y pasó poco más de un día hasta que se conocieran uno a uno
los asesinos.
Uno de quienes escuchó la versión del accidente fue el jefe de
redacción de LA PRENSA, Danilo Aguirre. Agarró su carro, montó a su
amigo, el periodista Ernesto Aburto, y salieron con rumbo donde hoy
están las instalaciones de la Asamblea Nacional.
Probablemente el
capitán Rigoberto Mayorga y su ayudante Oscar Morales, del Benemérito
Cuerpo de Bomberos, recibían la llamada del aviso que hizo un señor
llamado Ervin Urroz de acuerdo al reporte oficial en el que se consigna
incluso el número de teléfono: 60443.
Cuando Danilo Aguirre llegó al lugar del crimen, ya el vehículo
conducido por Mayorga llevaba al hombre herido en el pecho y los brazos
por tres escopetazos hacia el hospital Oriental, hoy Manolo Morales.
Fue cuando Aguirre se encontró con la señora que hacía las páginas de
sociales en LA PRENSA. “No fue un accidente—le dijo llorando—fue un
atentado”.
Y entonces al ritmo de la noticia, una correntada de aire, como
venida de otro mundo, le recorrió el cuerpo, lo mismo sintió al ver el
vehículo nuevo de Chamorro chocado contra un poste, donde se cree se
fue a estrellar después que lo tiraron.
El vidrio del lado derecho del vehículo estaba hecho tucos. Allí había disparado Domingo Acevedo Chavarría. “El
dicente (Silvio Vega) miró que lo apuntó y volteó la cara para no ver
el crimen, pero que oyó los tres disparos que le hicieron al doctor,
que éstos los hizo Domingo”, reza el informe de la declaración de Vega
ante la primera judicatura de Policía de Managua.
A las ocho de
la noche del día siguiente, el sobrino e hijo de crianza de Domingo
Acevedo, José Ramón, encendió el televisor en su casa en el reparto La
Providencia. No hubo esa noche providencia alguna que escuchara a esta
familia.
El coronel de Policía, Luis Ocón, juez de Policía de
Managua de la Guardia Nacional que además había llevado a los asesinos
delante del dictador, presentaba uno a uno a los implicados.Aquella era una galería un tanto extraña. ¿Cómo había coincidido
Peña, el mentiroso, con el cambista Silvio Vega quien tenía un feo
pasado en el negocio de ruletas? ¿Cómo habían coincidido ambos con
Harold Cedeño, un joven recién casado; con Domingo Acevedo y un hijo de
éste, Juan Ramón Acevedo Medina que lo acompañó al momento del
asesinato?
Se sintió contrariado, porque la imagen que siempre
mantuvo mientras vivió su tío era la del hombre que había sido fino con
él, pese a tener 43 hijos regados por todo Occidente. Además era un
personaje conocido en la ciudad que participaba en celebraciones
religiosas en el pueblo.
“Para mí era imposible que estuviera involucrado en un
acontecimiento como éste, yo me hacía la pregunta de cómo Anastasio
Somoza mandaba a traer a un hombre campesino para que hiciera un
trabajo que podía hacer cualquier mercenario de la Guardia Nacional”,
opina José Ramón Acevedo Chavarría.
Sin embargo los periódicos dijeron otra cosa. “En León era
conocido —afirmó LA PRENSA— como un finquero con posibilidades
económicas, no rico. Tiene en su haber un deshonroso expediente de
haber sido miembro de la Patrulla Fatídica que conformó el extinto
coronel Ángel López, para exterminar campesinos en Occidente (..) Era
activo de los Frentes Populares Somocistas”.
En las horas que siguieron el crimen, dos patrullas llegaron a
la casa de este hombre, ubicada junto a la finca del diputado Francisco
Argeñal Papi en Poneloya. Las patrullas también se multiplicaron en las
casas de sus hermanos y pronto yacían presos Antonio, Pedro, José María
y otro hijo de Acevedo Chavarría. Domingo empezó a ser conocido como
“cara de piedra” desde que los lectores abrieron el diario y vieron
aquel rostro pétreo, inexpresivo.
Domingo Acevedo murió hace cuatro años, su hijo está vivo pero
sus familiares no permiten que se llegue donde él. Vega y Peña viven y
se encuentran muy seguido. Ninguno quiso responder a las preguntas de
Magazine para este reportaje.
En enero de 1978 en la universidad
de León, donde estudiaba Medicina José Ramón, había inconformidad y en
el resto del país también.
El mismo día del asesinato, muchos manifestantes con retratos de
Chamorro en sus manos quemaron el edificio de Plasmaféresis del cubano
norteamericano Pedro Ramos, ubicado frente al sitio donde estaban los
hilares El Porvenir de la familia Somoza y donde hoy se ubica una zona
franca al oeste de los semáforos de la Robelo.Fue a Ramos a quienes los asesinos materiales acusaron de facilitar
la suma con que se pagó el crimen (unos 14 mil 285 dólares de la época)
y quien había sido denunciado en LA PRENSA como socio de Somoza en esta
empresa que le compraba su sangre a los borrachos y mendigos.
“Le extraían el plasma a la sangre de picaditos y luego le
volvían a inyectar la sangre sin plasma. Ese plasma era patentado en
Miami y seguía siendo caro. Era un negocio redondo, aquello parecía un
hospital de drácula. Pedro Ramos había acusado a Pedro. A los picaditos
le daban por una pinta, que es más o menos medio litro de sangre, el
equivalente a tres dólares y medio, unos 25 córdobas”, recuerda
Aguirre Solís.
“Pedro era como una especie de confesor político —agrega Aguirre
al recordar las manifestaciones populares—. (Los somocistas) no se
dieron cuenta que cuando a alguien le asesinan la conciencia se siente
desguarnecido. El pueblo nicaragüense sintió que en cualquier esquina
podían a matar a cualquiera”.
El contacto directo de Ramos era Silvio Peña, un mentiroso que
se ufanaba de ser agente somocista y que, según Aguirre, andaba por la
vida extorsionando a la gente con información que le daban sus
contactos en la Oficina de Seguridad Nacional.
El segundo involucrado fue Silvio Vega, quien en más de una
ocasión cambió dólares a Chamorro muy cerca de LA PRENSA donde
trabajaba como cambista. Él fue el que contrató a los tipos que se
rajaron en la Iglesia primero y quien fue a buscar hasta León a su
pariente: Domingo Acevedo Chavarría, un hombre sin miedo. Aguirre dice
que no puede precisar el parentesco, pero Vega estuvo casado con una
sobrina del señor según rola en el expediente criminal.
De acuerdo con la descripción policial, Acevedo Chavarría no
lucía como alguien peligroso aunque fuese muy serio. Frente estrecha,
moreno, de 53 años, bigote largo, si algo sobresalía era su estatura:
seis pies que soportaban sus 180 libras de peso, pero una cosa es la
apariencia.
La mañana del diez de enero, de acuerdo a los informes
policiales, Domingo Acevedo Chavarría fue quien disparó la escopeta 12
marca “Gevelot” número 43603 que acabó con la vida del director de LA
PRENSA. Según las declaraciones de los indiciados ante la primera
Judicatura de la Policía de Managua, Peña dijo: “Esto se acaba hoy”
refiriéndose a la vida del director de LA PRENSA.
Siguieron desde muy temprano a Chamorro, se parquearon una
cuadra al norte de su casa, estaban pendientes de su salida y lo
siguieron hasta bloquearlo con su vehículo en los alrededores de los
escombros, pero con tal mala suerte que se le zafó un borne al carro
conducido por Vega en el que iba Domingo Acevedo Chavarría,
supuestamente porque en una maniobra de última hora Chamorro los
impactó nuevamente.
El hecho es que se quedaron a 20 varas del vehículo del
periodista y luego fueron levantados por Peña que los seguía en otro
coche.
Cuando Danilo Aguirre Solís llegó al hospital Manolo Morales
encontró a Xavier Chamorro, hermano del periodista asesinado. Caminaba
alrededor de la camilla donde yacía el cuerpo. Gritaba culpando a los
Somoza, mientras otro de los parientes espetaba: ¡Malditos!
Según las memorias de la viuda de Chamorro, la ex presidenta
Violeta Barrios, Peña reveló en sus primeras declaraciones que tras el
complot estaba Cornelio Hueck que había acusado a Chamorro por injurias
y calumnias; Pedro Ramos, Fausto Zelaya, denunciado por corrupción en
la presidencia del Banco de la Vivienda y a quien Aguirre Solís señala
como el que pudo financiar la operación.
Otro de los involucrados era Anastasio Somoza Portocarrero,
conocido como el Chigüín, quien dirigía la poderosa Escuela de
Entrenamiento Básico de Infantería, una acusación que de ser cierta
explicaría porque Somoza Debayle nunca hizo nada para extraditar a
Ramos pese a que había salido del país una Navidad antes.
“Fuera de declaraciones en el juzgado Peña me dijo personalmente
que se fue al balneario donde estaba Pedro Ramos celebrando una fiesta
(lo contactó en septiembre y el dinero se lo dio supuestamente dos
meses después). Fue sin invitación y le ofreció la muerte de Pedro
Joaquín y él se echó de espalda y por salir del paso dijo que lo iba a
consultar.
Después lo contactó.
Fue donde Alesio Gutiérrez para que le pidiera
ayuda al Chigüín (Anastasio Somoza Portocarrero) y él dio el OK y
entonces le ofrecen que lo van a trasladar al norte en helicóptero y a
él lo capturan porque el carro se le descompuso en el choque con el
carro de Pedro Joaquín”, asegura Félix Trejos Trejos, de 57 años, alto,
gordo y el juez que condenó a todos los implicados.
Domingo
Acevedo salió de la cárcel en 1995 después de un gesto de buena
voluntad de Violeta Barrios de Chamorro que entonces era la presidenta.
Tenía, según su sobrino, 70 años.
“Domingo Acevedo es recordado en su pueblo como el hombre que
preparaba la enramada el día de la procesión del triunfo, cuando entra
Jesús en la burrita el Domingo de Ramos.
Para mí era una buena
persona”, dice José Ramón en su casa de Chinandega. Domingo era uno de
los 12 hijos que procreó Salvador Acevedo Martínez y Giralda Chavarría
y cuando cayó Somoza huyó como otros reos cuando se abrieron las
puertas de la cárcel.
Lo recapturaron, según el sobrino, en el barrio Open-3,
actualmente Ciudad Sandino, donde un ejército de pobladores pedían que
lo ajusticiaran.“Después del crimen era como que teníamos sarna. En la efervescencia
universitaria, todos querían andar armados, participar en la lucha
contra Somoza y eso significaba que donde aparecía en parentesco con
los Acevedo Chavarría decían: ¡Chiva quiénes son éstos!”, asegura.
Al ritmo del rechazo popular, el médico relata que varios de sus
familiares fueron asesinados y dice que también les negaban crédito
para cultivar la tierra a sus parientes campesinos.
Después de 1979 todo devino en venganza política. La gente
miraba en las calles, en medio del revuelo del triunfo, a los antiguos
miembros del régimen y la mejor balada de la época era el desquite, la
ejecución. El médico José Ramón Acevedo Chavarría hasta puede contar
a sus víctimas: tres hijos de un pariente de apellido Chavarría fueron
asesinados, otros se fueron huyendo a Honduras y otros más
encarcelados y amarrados de pies y manos.
Hubo también un momento en que se cruzó la vida de un hermano de
Domingo Acevedo con la del famoso guerrillero Luis Manuel Toruño
conocido como Charrasca, quien pedía insistentemente a su captura que
alguien lo reconociera para ejecutarlo.
“No halló a nadie que pidiera su ejecución, pero alguien le
sugirió que lo trajera a su pueblo porque allí si lo conocían, lo llevó
a Posoltega, en Chinandega, y nadie lo señaló y se lo llevaron a otro
lugar”, asegura mientras una hija escucha la conversación desde el
sillón de enfrente.Lo peor del caso, según él, es que sobrinos de su padre de crianza
denunciaban a sus tíos ante miembros del FSLN y propiciaban su
ejecución “creo que para tratar de sobrevivir”. Cuando lo dice hace un
gesto en la cara. Como de dolor atrapado.
— ¿Ustedes nunca dijeron que su tío mejor no hubiera hecho eso? —
Eso significaría que yo te estoy diciendo—responde rápido—que él lo
hizo, y no te he dicho eso. Estuvo diez años con nosotros después de
salir de la cárcel y nunca me atreví a preguntarle. Nunca tocamos el
tema. No me atrevería a juzgarlo. Las consecuencias del acontecimiento
fueron devastadoras para nosotros. Muchas familias se hicieron enemigas
de su misma familia. Hubo familiares que cambiaron sus apellidos para
evitarse problemas. Él murió hace cuatro años y lo enterré el día que
yo *****plía exactamente 48 años. Era el 16 de noviembre.
Tomado de;http://www.laprensa.com.ni/2010/01/10/reportajes-especiales/12642
|
|
 |
|
 |
| |
 | |  | | | Votos del Artículo Puntuación Promedio: 0 votos: 0
| |  | |  |
|
|